Entrevista con la directora de Asocheca – Eliska Krausova – en la revista Vlasta

La revista checa denominada Vlasta en su edición de septiembre (número 36/2017) publicó una entrevista con la fundadora y directora de la Asociación de amistad colombo-checa (Asocheca), señora Eliska Krausová, en la que habla sobre su familia, su viaje a Colombia, las razones por las que se quedó en este país, sobre su esposo colombiano, y también sobre sus visitas posteriores a la República Checa.

Como un pequeño regalo de Navidad y del fin del año les presentamos la traducción de la entrevista, acompañada con las fotos del álbum familiar.

Texto: Judita Matyásová

Eliska Krausová (1946)

  • Estudió francés y español en la Facultad de Filosofía de la Universidad Carolina. En junio de 1968 salió del país con el fin de realizar una pasantía en Colombia que se prolongó inesperadamente.
  • Después de la ocupación soviética de Checoslovaquia decidió quedarse en Colombia. Se graduó en el Instituto Caro y Cuervo.
  • En 2009 fundó la asociación de compatriotas, ASOCHECA, que promueve la cultura checa en Colombia.
  • Eliska vive en Bogotá y regularmente viaja a ver a su familia a la República Checa.

Nuestra familia sabe hacerse oír

Eliska Krausová siempre ha sido “la buena y obediente“. Es la hermana mayor que ayudaba a su mamá Bozena a cuidar de Honza, el futuro actor y moderador, y de otros dos hermanos. En junio de 1968 viajó con una maleta y una minifalda a Colombia, donde estudió en el mejor instituto de idiomas para la enseñanza del español, y hoy en día cuenta al público latinoamericano sobre los niños judíos de Terezín.

 

La historia de sus padres es como una unión de dos mundos heterogéneos: una señorita alegre, charladora de campo y un señor serio de ciudad. ¿Cómo pudo funcionar?

Mi padre fue gerente de una tienda de electrónica en la Plaza de San Venceslao y mi mamá trabajaba allí como secretaria. Probablemente la encantó lo trabajador que fue, y le gustó su sentido de humor negro. Antes de que mis padres se casaran, mi padre tuvo que prometer a los padres de mi mamá que convertiría a la fe católica, porque ellos lo deseaban. Él era de una familia judía, pero completamente asimilada, así que no tuvo ningún problema con eso. En marzo de 1939 nació Ivan y en unas semanas detuvieron a mi papá. Pues nunca ocultaba que estaba contra los nazis, y además pronto se dieron cuenta de que él era judío. Un día en la casa dijo: “A mediodía regreso“, y regresó después de casi seis años.

De Praga lo llevaron a Terezín, más adelante a Auschwitz (nota: nombre alemán del campo de concentración en Polonia, en polaco: Oswiecim). ¿Se enteró su mamá qué fue lo que pasó con él?

Escribían uno al otro casi todo el tiempo que estaba en el campo de concentración. Mi padre intentó pasar a escondidas un mensaje sobre lo que pasaba en el campamento. A través de un polaco que viajaba de trabajo a Auschwitz quiso mandar a Praga un plan del campo de concentración. Sin embargo, el mensajero no llegó, y por eso mi mamá salió para Polonia. Sabía de las cartas de mi padre que tenía que bajar en alguna parte antes de llegar a Auschwitz, y seguir caminando a pie. Estaba enamorada y no tenía ni idea sobre todo lo que habría podido pasar. Pensaba que lo lograría ver tal vez por el portón y podría saludarlo con la mano. Cuando llegó al campamento, dijo a los guardas que quería visitar a su tío – y éste fue el polaco. El guarda le pidió sus documentos, pero ella preguntó si los recibiría de vuelta, y el guarda dijo: “No estoy muy seguro“, y de repente entendió que sería un riesgo demasiado grande. En aquel momento pasaba por el portón un grupo de prisioneras, y ella vio como tenían cabezas rapadas y ojos apagados. Mi mamá prefirió despedirse de manera rápida y se fue para la casa.

¿Así que esta fue la última oportunidad para ver a su papá?

Entendió que podía estar feliz por lo menos con las cartas. No obstante, luego incluso las cartas dejaron de llegar. Estaba muerta de miedo y no sabía qué hacer. Alguien le aconsejó que los alemanes estaban muy estrictos con los impuestos, que mandara al campamento una solicitud de que necesitaba su firma por el motivo de la declaración de renta. En aquella época a mi papá en el campo de concentración se le congelaron los dedos en el pie y le tuvieron que amputar un dedo. Estaba muy mal, no podía caminar, y de repente lo llamó un guarda. Mi papá tenía miedo que si el guarda lo veía cojear, lo mandaría directamente a la cámara de gas. De alguna manera lo consiguió y llegó hasta la oficina. Allí le mostraron la declaración de la renta y le dijeron: “Su esposa necesita su firma por los impuestos.” Después siempre nos decía que en aquel momento se puso muy enojado con mi mamá, que ni siquiera podía respirar.

Después de la guerra por fin volvieron a verse y empezaron una nueva vida en Praga, en Letná. ¿Recuerda algo de aquella época?

Yo nací en 1946 y recuerdo que durante mis años preescolares teníamos muchas visitas. La mayoría fueron amigos de mi papá que lo habían conocido en el campo de concentración. Todos esperaban con mucho ánimo el futuro, tenían muchos planes, sin embargo, después de la revolución se acabaron todas las esperanzas. No obstante, nosotros tuvimos otros cargos: tres años después de mí nació Michal, luego Honza y en 1956 Katerina. Yo fui la hermana mayor que tenía que cuidar de los demás: darles de comer, cambiar los pañales, vigilarlos. Mi mamá me tomaba más bien como a una adulta, como a su amiga.

¿Cómo era el día en una familia tan numerosa?

Por la mañana mi papá salía a trabajar, cuando regresaba por la tarde, solía gritar: “¡Silencio!“, y sabíamos que ahora necesitaba tranquilidad para poder escribir. Por la noche solíamos reunirnos y él nos contaba sobre el campo de concentración, las fotos de allí siempre estaban puestas en algún lugar de la mesa. Siempre decía que los que mejor se comportaron con él durante la guerra fueron los soviéticos, no obstante, cuando empezaron los procesos políticos, empezó a percibirlo de otra manera. Inmediatamente después de la guerra escribió el libro Fábrica de la muerte (Továrna na smrt), y más adelante escribió otros textos y artículos. Mediante un amigo consiguió trabajo en la editorial de la literatura técnica, y empezó a publicar manuales, y tuvieron tanto éxito, que pronto le dieron el cargo del redactor jefe. En verano siempre nos llevaba a Krkonose y allí nos quedábamos con mi mamá. Después llegaba por nosotros y decía: “En la casa había tranquilidad.

Según dicen sus hermanos, desde pequeños sabían que se dedicarían al arte. Ivan al teatro, Honza al rodaje. ¿Usted también tenía una profesión soñada?

Yo fui la buena y dócil quien cursa las clases de piano, de patinaje artístico, aprende idiomas. En todo me fue bien, pero por mucho tiempo no sabía que quería.

Todo empezó a cambiar en la pubertad. Nuestra mamá Bozena – así le decíamos todos – siempre recordaba: “Hasta los quince años eras ideal, después empezaste a empeorar.” Lo que significó que dejé de contarle quién me gustaba. Simplemente ya dejé de ser su conspiradora, quería tener mi propio mundo solamente para mí. En aquella época me empezó a gustar el teatro, pero mi papá dijo que no quería tener comediantes en la casa, así que fui a los exámenes para la Facultad del Arte Dramático de forma secreta. Aceptaron solamente a diez estudiantes, yo terminé en el duodécimo lugar.

Pero finalmente intervino su mamá…

Bozena convenció a mi papá que abogara por mí entre sus amigos en la Facultad de Filosofía. Y así me aceptaron en 1964 para estudiar español y francés. Todos pensaron que mi papá era por lo menos un ministro para que pudiera tener una protección tan enorme. Yo no sabía decir ni una palabra en español, pero tuve que alcanzar el nivel de los demás rápidamente. Sin embargo, lo que más me gustaba siguió siendo el arte dramático, en aquella época pasaba más tiempo en el teatro que en la universidad. Bozena en aquella vez buscaba un trabajo y por casualidad la aceptaron como secretaría de nuestra facultad. Cuando preguntó a mis profesores cómo me iba en las clases, se enteró que varios meses no me hubieran visto por allá, porque… ¿quién quisiera escuchar las conferencias sobre fonética cuando en Praga se celebraba Majales y llegó Ginsberg?

Muchos de sus amigos salieron en primavera de 1968 para el exterior. Y Usted tuvo también una oferta. ¿De qué se trató?

Mi mamá escribió a su hermano que vivía en Colombia si podría llegar a su casa, por ejemplo, por unos seis meses o un año. Antes de que llegara su respuesta, tuve en nuestra universidad una pequeña, o más bien grande actuación. Durante la clase le pregunté a mi profesor si no sabía qué interesante había en Colombia. Y él me dijo que allí se encuentra el instituto más famoso de la enseñanza del español, el Instituto Caro y Cuervo, y me preguntó porqué quería saberlo. Yo le respondí que probablemente viajaría allí. El profesor sonrió y me dijo: “Usted podría únicamente caminar en los alrededores del instituto.” Con esta frase me indignó mucho y yo decidí viajar a Colombia cueste lo que cueste.

Al principio de junio de 1968 Usted se enteró que en tres días volaría al otro fin del mundo. ¿Alcanzó alistarse para el viaje?

Una mitad del día buscaba Bogotá en el globo terrestre, y después mi cuñada me preguntó: “¿Y qué ropa vas a llevar?” Yo pensaba que en Colombia hacía calor todo el tiempo, así que me cosió dos minivestidos, uno rosado y uno rojo. Me aconsejó que como una apropiada dama no podía viajar con una maleta en la mano, así que tuve solamente un bolso y una maleta llena del cristal de Bohemia para mi tío. Cuando por fin aterricé en Colombia, había 15 grados.

Su tío fue hotelero, ¿pero probablemente esperó que le iba a ayudar un poco?

Pienso que quería, sobre todo, a una acompañante para su esposa. Tenía 50 años, dos hijos pequeños y una esposa que estaba un tanto aburrida. Al principio miraban qué tipo de bicho raro soy, porque en su casa todos inmediatamente se besaban y abrazaban, y yo no estaba acostumbrada a algo así en absoluto. En la calle los hombres me silbaban y yo – una muchacha bien educada – les preguntaba: ¿díganme? Después de unos pocos meses mi tío me llevó a una fiesta donde estuvo el ministro de cultura, y me dijo que él seguramente sabía qué era Caro y Cuervo. A este instituto viajan maestros de todo el mundo, estudian historia del español y lingüística. Aquella vez trabajaban en un proyecto de varios años: preparaban un diccionario en el que investigaban cómo las respectivas palabras se empleaban en la literatura. Un poco no sabían qué hacer conmigo, porque el documento de la Universidad de Praga no les interesaba mucho. Así que me dijeron que ingresara y que después se vería. Yo me senté en la clase y devoraba cada palabra.

Mientras tanto, sin embargo, la atmósfera en nuestro país cambió. ¿Cómo se enteró  sobre lo que pasó en agosto?

Cuando me dijeron que en nuestro país había carros de combate, inmediatamente quise llamar a mis padres, pero la conexión no funcionó. Me acordé de lo que decía mi hermano mayor Ivan al principio del año 1968. Él leía mucho la prensa extranjera y presentía que esto terminaría mal. Después de la ocupación salió para el exterior, más tarde salió también Michal. Honza y Katerina se quedaron. Mis padres me escribieron que no regresara por ahora que no estaba seguro cómo se desarrollaría todo. Para mi papá fue un choque tremendo dado que el 21 de agosto estuvo en la Oficina de la prensa checa cerca de la Plaza de San Venceslao, allí llegaron los soldados, muchachos jóvenes, les apuntaron con un arma y les amenazaron con que empezarían a disparar. Mi papá fue luego uno de los primeros quien devolvió la libreta del partido comunista.

Al pasar unos meses, la situación se resolvió sola. ¿Cómo lo logró?

Yo tuve un permiso de seis meses para estar en Colombia, pero éste había caducado hace mucho. En la Embajada checa me dijeron que me tenían que deportar a Checoslovaquia de inmediato. Tenía muchísimo miedo, pero se me ocurrió en aquel momento decirles: “Bueno, voy a empacar mis cosas.” Tomé un taxi y fui a la estación de la policía migratoria. Pedí que me llamaran a su jefe, el general. Cuando escuchó sobre mi problema, me preguntó: “¿Querida señorita, qué quiere hacer? ¿A dónde quiere viajar?” Y yo respondí que lo que más me gustaría es quedarme en Bogotá. Y con esto fue decidido, me dieron asilo y él me dijo: “Desde este momento Usted está protegida por el gobierno de Colombia.” Esta frase fue realmente importante para mí. Por fin tuve alguna certidumbre, un punto fijo.

Un gran apoyo para Usted fue también su novio Ignacio Chaves quien enseñaba en el instituto de lenguas donde Usted estudiaba. ¿Será que su cómplice Bozena sabía de él?

Ya ni recuerdo por qué pero en las cartas no escribí nada sobre él. En el año 1975 él viajó para una conferencia a Budapest y me dijo que estando tan cerca que visitaría Praga también. ¡Se metió en la cabeza que tenía que conocer a mi familia! Llamó a mi casa – habló con Bozena en español, ella con él en alemán, pero a pesar de esto se entendieron de alguna manera – que llegaría a Praga. Katerina en aquella época aprendía español y Honza también aprendió un poco, como se dice “Yo soy Honza, hermano de Eliska“, y así lo esperaron en la estación de ferrocarriles. En el camino a Letná, Igancio compró algunas cosas y antes de que llegara mi mamá, cocinó todos los frutos de mar que había encontrado en Praga. Ella entró por la puerta y lo vio cómo estaba cocinando en su bata, y él inmediatamente corrió hacia ella: “¡Bozena!

Así que a Usted le esperaba una sorpresa grande después de su regreso…

No podía creer que de verdad estaba en nuestra casa. Extrañaba muchísimo a mis padres, pero también tuve que pensar en mí misma, para que por fin tuviera algún trabajo. Después de un año y medio me gradué en el Instituto e iba a entrevistas. Me aceptaron en un colegio femenino privado donde daban clases las monjas. Era muy bonito porque por mi edad tenía muy cerca las estudiantes, me consideraban casi una de ellas.

Después de diez años en el extranjero por fin vio a su familia. ¿Cómo se llevó su esposo con ellos?

Mi hermano Ivan organizó un encuentro familiar en Alemania adonde llegó también Michal, y afortunadamente, vinieron también mis padres. Estábamos sentados con Ignacio en una cafetería y mi papá todo el tiempo me preguntaba quién era. Tenía miedo si no era un estafador, si no tenía en Bogotá otras diez esposas. En el camino para Colombia lloré por eso, pero mi esposo me consolaba que con tiempo se mejoraría. Se le ocurrió invitar a mis padres a nuestra casa para que lo pudieran conocer mejor. Y tuvo razón, después de dos meses mi padre lo elogiaba diciendo que era mi “caballero sin miedo ni agravio“.

Cuando sus padres estuvieron en su casa, ¿no preguntaron por los nietos?

Lo intentaron un poco, pero nunca presionaron mucho. De todas formas, en mi familia cada uno tiene su cabeza y no deja que otros le aconsejen. Todos respetamos todas estas relaciones complicadas (enredadas) y no juzgamos a nadie. Al fin y al cabo, nosotros con Ignacio teníamos muchas actividades, pero yo nunca lo he tomado como un sacrificio que dediqué tanto tiempo a su trabajo. En el año 1983 lo nombraron director del Instituto Caro y Cuervo y empezó una nueva vida para nosotros. Se esforzó de conseguir dinero en todo el mundo para apoyar el Instituto y la terminación del diccionario sobre la historia del español.

Por primera vez Usted estuvo aquí en el año 1983. ¿Cómo le pareció la sociedad checa?

Ya tenía mi ciudadanía colombiana, pero a pesar de esto continué teniendo miedo que me detuvieran. Y también me di cuenta que no podía permanecer aquí porque igual que nosotros todos los Krausové también yo soy descarada y tengo que hacerme oír cuando algo no me gusta. Así que cuando estuvimos con mis amigos en un bar y ya se acercaba la hora de cierre, el camarero empezó a ordenar las sillas, yo le dije: “¿Por qué lo está haciendo? ¡Es que estamos sentados aquí! ¿Y nos puede además limpiar la mesa?” Bozena sabía muy bien que con este carácter las cosas terminarían mal. De vez en cuando invitaron a mi papá a un interrogatorio. Una vez el policía le preguntó: “¿Está consciente de que de sus cinco hijos tres están afuera?” y mi papá le dijo: “Mire, compañero, en caso de una producción tan grande siempre se pueden encontrar unos pocos productos defectuosos.” Esto fue el sentido de humor de nuestro papá.

Su familia estaba a miles de kilómetros de distancia, y a pesar de esto Usted ha mantenido un checo impecable. ¿Ha estado en contacto con algunos compatriotas?

Cuando llegué a Bogotá, estaba allí la generación de mi tío que salió del país antes de la segunda guerra mundial o inmediatamente en el año 1945. En sus familias ya casi no se hablaba en checo. También vivían por allí unas pocas mujeres que salieron en 1968. Por relativamente mucho tiempo mantenía distancia de la comunidad de compatriotas, hasta que esto cambió al principio de los años 90. En aquella época me invitaron a la Embajada para recoger mi nuevo pasaporte. En el primer momento lo rechacé, estaba muy enojada con toda Checoslovaquia, con todas las autoridades, pero Ignacio me convenció. Sabía que en realidad quería de regreso aquel mundo checo y con él también el pasaporte checo.

Colombia ya desde hace muchos años es su casa, pero a Bohemia regresa a menudo. ¿Qué es para Usted “su casa“?

Para mí lo más importante es el idioma, mucho más que el sitio. Muchos años no tenía a nadie con quién podría hablar en checo, pero tenía sueños de emigrante en checo. Se repetían una y otra vez: estoy llegando a la frontera y veo a mis padres, quiero ir hacia ellos, pero ellos me dicen que no regrese. Me quieren proteger ante el mundo donde están los comunistas.

En 2009 las relaciones checo-colombianas se entrelazaron cuando Usted fundó la asociación de compatriotas denominada ASOCHECA. ¿A qué se dedica?

Ignacio se jubiló en 2002, y empezamos a tener mucho más tiempo uno para el otro. Sin embargo, tres años más tarde de repente falleció, y en unos pocos meses me enteré de que iban a cerrar la Embajada checa en Colombia. Me sentía como Robinson Crusoe quien no tenía a nadie. En aquel tiempo el embajador me provocó: ¿qué tal si Usted fundara una asociación de compatriotas? No sabía nada del tema, pero me pareció que esto podría ser una buena oportunidad para mostrar la cultura e historia checa en Colombia. Nuestro proyecto más exitoso, que hasta ahora hemos preparado, es la exposición peregrina de los dibujos de los niños que durante la guerra estuvieron en Terezín. Estoy viajando por toda Colombia contando sus historias. Por mucho tiempo pensaba que después de la muerte de Ignacio ya no habría nada. Por suerte, siempre tengo a mi familia, somos muy unidos y da completamente igual si nos separa un océano o estoy en mi país natal.