Llega a Bogotá arte que trascendió el horror del Holocausto

Esperanza. Ese es el mensaje que se lleva el espectador de la exposición ‘Siempre volveré a vivir’, con la reproducción digital de 41 dibujos y poemas de los niños del campo de concentración nazi de Terezín, que está en Bogotá.

Terezín era una ciudad de la antigua Checoslovaquia (hoy está en la República Checa), ubicada a 60 kilómetros de Praga, que en noviembre de 1941 fue transformada por los nazis en campo de concentración de tránsito de las familias judías, antes de ser enviadas a los otros campos de Europa oriental.

“Hace poco fui capaz de ir allí, por primera vez. En tamaño, es como un barrio de Bogotá, en donde uno todavía siente la desolación y la muerte”, comenta Eli¿ka Krausova, presidenta de la Asociación de Amistad Colombo Checa (Asocheca), quien gestionó la traída de esta muestra.

A diferencia de otros campos de este tipo, si bien la tasa de mortalidad en Terezín llegó a ser del 25 por ciento, con una situación de hacinamiento aterradora (muchos morían de hambre, infecciones y falta de medicamentos), quienes allí vivieron hicieron algo que parece increíble: forjarse un ambiente cultural. Ese aferrarse a la vida a través de las artes fue el motivo principal que llevó a Krausova a insistirle hasta el cansancio al Museo Judío de Praga, propietario de las obras originales, para que le permitiera traer la muestra (véase recuadro).

“Cuando me propuse darla a conocer en Colombia, era básicamente porque sentí que uno puede trascender las tragedias colectivas e individuales desde el arte”, anota.
En lugar de matemáticas y otras ciencias exactas, los sabios judíos (rabinos), encargados de impartir la educación, se preocuparon por enseñar a los niños a cantar y pintar, entre otros oficios. De hecho, muchos de ellos ni siquiera habían ido a un colegio.

Pintaban en donde podían: al respaldo de papeles que desechaban de sus oficinas los alemanes o que les mandaban familiares de afuera. “Ellos podían recibir, cada 15 días, hasta 20 kilos de algo -comenta Krausova-. La gente pedía comida, pero los alemanes se la robaban, y entonces aprendieron a mandar, además de lápices o papeles, hasta instrumentos de 15 kilos de peso. Así ingresaron flautas, violines, etc.”.

“Gracias al valor de estos maestros, se lograron preservar escondidos, hasta la liberación definitiva de Terezín, el primero de mayo de 1945, unos 4.000 dibujos de niños y centenares de poemas. Se calcula que por Terezín pasaron 15.000 niños. Regresaron 100”, concluye la curadora.

La muestra estará en la Sede Norte (calle 75 N.° 16-03), de la Universidad Central, Auditorio del primer piso, donde se podrá acceder a este testimonio del arte que sobrevive a pesar del terror.

tomado de http://www.eltiempo.com